lunes, 14 de septiembre de 2009

La cadena nacional que trae malos recuerdos

Durante la dictadura yo era una nena. Mis recuerdos más palpables y a la vez tristes comienzan con la Guerra de Malvinas. Una de las cosas que más me molestaba entonces era la cadena nacional. Que no te dejaran elegir lo que querías ver o escuchar era parte esencial del Proceso. Por suerte, con los años de la democracia, la cadena nacional fue cayendo en desuso aunque debo decir que las pocas veces que fue utilizada no trajo consigo mejores momentos para la nación.

El reciente reverdecer de este recurso es llamativo. Desde que tenga memoria, ningún canal de TV abierta ni de noticias por cable, ni ninguna agencia informativa, han dejado de cubrir los anuncios presidenciales, sobre todo en los últimos tiempos donde abundan. ¿Por qué recurrir a tan gastando y antiguo recurso?

Deben existir muchas respuestas a tan razonable pregunta. Se me ocurre pensar que la cadena nacional ‘garantiza’ que todos vean y escuchen de primera mano aquello que el o la Presidente de turno tenga para decir. Así se evitan las ‘molestas’ intermediaciones de intérpretes periodísticos o analistas políticos que siempre deforman la realidad.

Entonces y cada vez más seguido cuando prendas la tele y quieras ver un canal de aire, o escuches la radio, te encontrarás con esas largas y pomposas peroratas presidenciales que anuncian que el que viene es un país diferente, un país en serio.

La verdad es que prefiero seguir teniendo la libertad de elegir lo que leo y escucho. Nadie tiene más recursos para hacerse escuchar que el Presidente de un país. Por eso y en mi opinión, el abuso de la cadena nacional en democracia refleja lo más profundo de una cultura de ejercicio autoritario del poder que todavía no hemos desterrado y que sigue ahí, siempre latente, dispuesta a volver.

La señora Presidente me ha desilusionado. El suyo será recordado como uno de los gobiernos que más ha protegido la galopante corrupción que quita a oportunidades a los más pobres para dárselas a los amigos. También será lamentablemente recordado por haber jugado hasta el final con la libertad más fundamental e intocable de la ciudadanía en democracia: la libertad de expresión.

Mientras tanto, a los que queremos la libertad de elegir que leer, escuchar y decir, no nos queda más que seguir enfáticamente sosteniendo que sin ella los pobres serán más pobres, la injusticia será más injusta y los corruptos serán los únicos beneficiados.

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