domingo, 13 de diciembre de 2009

“¡Odio las fiestas de casamiento!”

Después de relatar de modo minucioso las múltiples refacciones de su luminoso departamento de Palermo, la diputada nacional del PRO Laura Alonso sentencia: “Todavía no me acostumbro a esta casa”. A pesar de que hace más de un año se mudó con su pareja a ese primer piso de techos altos y pisos antiguos, la joven legisladora no termina de apropiarse de cada uno de los rincones de su hogar. Como si apenas hubieran pasado pocas semanas de la mudanza, en uno de los cuartos hay desparramadas cajas con objetos, pilas de libros, bolsas, ropa y hasta unas botas de lluvia compradas en Milán. “Hay muchas cosas que me falta ordenar para terminar de instalarme”, señala. Con cierto extrañamiento, mira a su alrededor y confiesa: “Si fuera por mí, volvería a pintar las paredes de otro color”.

–¿Cómo llegó adonde hoy está?
Creo que llegué a ser diputada porque me pasaron un montón de cosas antes. Es el producto del trabajo, de la perseverancia y del interés por lo público. Cuando tenía diez años, en el 83, me fasciné con el retorno democrático. Cuando me preguntaban qué quería ser de grande, yo contestaba: “¡Quiero ser diputada nacional!”. Ése era mi objetivo de vida. Que se me haya cumplido ese sueño está buenísimo. Vengo de una familia de clase media radical y yo me afilié a los 18 años a la UCR y fui militante de cuarta línea de Franja Morada.


–¿En algún momento dudó de involucrase en la política partidaria?
No. Siempre me tiro a la pileta. Hay cosas que no pienso dos veces.


–¿En qué otras situaciones se ha tirado a la pileta?
Cuando me fui a vivir a Inglaterra. Me presenté a una beca y corté con toda mi vida anterior. Dejé las clases que daba en la UBA y mi trabajo en el PAMI. Me fui con la renuncia de Chacho Álvarez y volví cuando De la Rúa ya había renunciado.


–¿Por qué el exterior?
Mis padres me mandaron a un colegio privado bilingüe y siempre me interesó como opción de estudio. Siempre me pareció que iba a ser distinto vivir en Londres, porque los ingleses inventaron el fútbol, el golf, el rugby, el tenis, a los Beatles, Hobbes, Locke. Me fascinaba ir a ese país.

–¿Qué fue lo que más cambió en su vida a partir de ese viaje?
En principio, por primera vez me fui a vivir sola. Estuve en una residencia de la universidad con un chino, un suizo y una estadounidense. Eso fue buenísimo. Tuve celular y conocí lo que era mandar un mensaje de texto. (Risas.) Ya había tenido salidas al exterior pero ésta fue la más importante. Antes me había ido a Norteamérica. Eso fue a los 21 años y me acuerdo de que fuimos juntos con Juan Abal Medina. Y ahora la vida nos encuentra en posiciones políticas distintas.


¿Qué conserva de su adolescencia?
El desorden. Lo trabajé en terapia por más de una década.

¿Llegó a alguna conclusión?
Que responde al síndrome de adolescente permanente. (Risas.) Tengo un desorden que para mí tiene un orden. También suelo conservar eso de ser como un bombero. Me llama alguien y salgo con la autobomba a atenderlo, llama otro y voy. Me engancho en todo. Sé que ahora como diputada me va a pasar lo mismo. Abro treinta cosas al mismo tiempo.

–¿Eso también se traslada a su vida social?
No. Mi vida social está muy vinculada a lo que hago en mi trabajo. Soy horrible para ir a los casamientos, por ejemplo. ¡Odio las fiestas de casamiento! Odio el ramo, la liga, la torta, el vals…

–Imagino que si se casa, no va a hacer fiesta…
(Risas.) Ya tengo fecha y con una fiesta totalmente anormal. Hay dos miradas sobre cómo va a ser el evento. No me gusta que la gente se tenga que gastar 500 pesos para ir a un casamiento. No me banco eso de que las mujeres se pongan zapatos que hacen que les duelan los pies toda la noche. Para mí, la elegancia es importante pero la comodidad está primero.


–¿Cómo será el festejo?
No va a ser una fiesta, probablemente sea un día entero. Se me ocurre desde organizar campeonatos de truco hasta carreras de embolsados. Va a estar prohibido que la gente venga con tacos. No quiero que nadie compre ropa o vaya a la peluquería por mi casamiento.


–¿Hace cuánto que está en pareja?
Más o menos desde el 2002. A los 36 años me fui a vivir con él. Jamás entré en la desesperación por casarme.


–¿Desea tener hijos?
No tengo la necesidad. Cuando la tenga, se lo plantearé y veremos. Dejo que las cosas sucedan.

–¿La convivencia es lo que pensaba?
Sí. Es muy buena. Hubo diez roces típicos de convivencia en un año. Hay mucha individualidad. No es fácil llegar a ese punto.


–¿Qué características tiene y cuáles no del estereotipo de la mujer argentina?
No hago dieta, no voy al gimnasio, me banco la celulitis y me muero con las carteras y los zapatos. Ahora me compré tres anteojos. No me preocupa la lucha contra los estereotipos. Lo único que me importa es que cada uno pueda elegir lo que quiere hacer y ser. Para mí la felicidad es eso. ¡Yo soy una persona recontrafeliz!

La cartera de la dama

En su cartera de cuero lleva un teléfono celular Blackberry, el estuche de los anteojos, una cámara de fotos, una libreta con un separador del Che Guevara, la billetera, un llavero, una cartuchera, un tarjetero y un peine.

Reportaje realizado por Gabriela Vulcano y publicado el 13 de diciembre en el diario Crítica.

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