viernes, 23 de marzo de 2012

Malvinas y esa historia que tanto nos cuesta entender

Les dejo mi discurso sobre Malvinas de la sesión pasada en la Cámara de Diputados. Espero que compartan el espíritu.


Sra. Alonso (L.).- Señora presidenta: a esta altura del debate ya se han dicho muchas cosas. El señor diputado Pinedo me precedió en el uso de la palabra que corresponde a nuestro bloque; ambos participamos activamente en la redacción de la Declaración de Ushuaia, ocasión en que acompañamos la delegación que viajó a esa ciudad. Por lo tanto, es más que obvio el apoyo del bloque del PRO a dicha declaración.
Quiero centrar mi exposición en dos cuestiones. Por un lado, deseo expresar tres reconocimientos. En primer lugar, a quienes fueron a la guerra y dejaron su vida, sus ilusiones, sus sueños; a aquellos que hicieron patria por quienes nos quedamos en el continente; a aquellos que fueron a la guerra porque a unos locos dictadores se les ocurrió que el país debía invadir las islas porque allí había una colonia. Esos locos dictadores mandaron al ejército y a los pibes a morir en la guerra. Esto pasó en una dictadura.
En segundo lugar, quiero reconocer al doctor Raúl Ricardo Alfonsín porque fue el único que tuvo lo que hay que tener para decir “no” a la guerra, para enfrentarse a la dictadura y a los dictadores y decir que no se tomaba el avión, que la Argentina no iba a la guerra. (Aplausos.)
Asimismo, expreso mi reconocimiento al doctor Illia, pues bajo su presidencia se consiguió la famosa resolución 2.065 de las Naciones Unidas, que pavimentó el camino de la diplomacia. Sin embargo, tanto logro y avance obtenido por la Argentina se estropearon por la decisión de una junta militar de dictadores que decidió mandarnos a la guerra.
Como tercer reconocimiento, debemos decir, decirnos a nosotros mismos, y también, al mundo que, como sociedad, cometimos un grave error histórico de la mano de esos dictadores al ir a esa guerra y mandando a nuestros pibes y militares a morir en ella. Reitero que fue un error histórico la guerra, ya que significó que retrocediéramos todo lo que habíamos avanzado en cuarenta años de trabajo diplomático de la Cancillería argentina. Hasta el propio general Perón, en su tercera presidencia, logró avances notables respecto de la recuperación de la soberanía de las islas, pero los militares nos arruinaron cuarenta años de historia y de trabajo diplomático.
Nosotros también aplaudimos en la plaza y fuimos cómplices. Yo tenía nueve años, señora presidenta; estaba en cuarto grado y escribía a los soldados cartas que poníamos dentro de chocolates y paquetes de cigarrillos. Viví la guerra desde mi mirada, por lo que nunca más quiero vivir una situación de enfrentamiento, ni bélico ni verbal. Lo que quiero es encuentro y reconciliación.
Mi segundo pedido es que nos llamamos todos a la razonabilidad en este tema. Tenemos que ser razonables porque la razonabilidad es un atributo fundamental para aquellos que operamos en el mundo de las relaciones internacionales. La razonabilidad hace a nuestra reputación, y ésta es fundamental a la hora de solicitar que la otra parte se siente a una mesa de negociaciones. La Argentina tiene ventajas comparativas importantísimas respecto de otros países para lograrlo.
Pero también tenemos sombras. No podemos dejar de reconocer y respetar el pluralismo de ideas y opiniones. Para mí, ni Vicente Palermo ni Daniel Sabsay ni Roberto Gargarella ni Beatriz Sarlo ni Jorge Lanata son cipayos sino que son ciudadanos argentinos que dicen sus opiniones y deben decirlas libremente, aunque las compartamos o no. No hay cipayos; hay ciudadanos que tienen el derecho a expresarse libremente. Por eso no podemos repudiar las opiniones distintas, tenemos que reconocerlas y respetarlas, aunque no las compartamos.
Ese es el eje de un patriotismo republicano, que creo que muchos, que no vivimos ninguno de los extremos, queremos en la Argentina traer a la discusión el tema de los matices, porque si no matizamos y dialogamos entre nosotros, no podemos pedirles a los demás que se sienten a una mesa a negociar nada.
Eso requiere también de un gran acuerdo político institucional y multipartidario, y convocar a todos los actores políticos relevantes para enfrentar esta discusión ante el mundo y lograr que nuestra reputación sea seria y que nuestros oponentes, nuestros adversarios en esa mesa, los británicos, quieran sentarse a discutir.

Sra. Presidenta (Abdala de Matarazzo).- Su tiempo se ha acabado, señora diputada.

Sra. Alonso (L.).- Pido permiso para insertar el resto de mi discurso en el Diario de Sesiones. Como todos los diputados se han pasado de su tiempo, me tomaré dos minutos para leer un poema de Jorge Luis Borges, que se llama Juan López y John Ward, que dice: “Les tocó en suerte una época extraña.
“El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.
“López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
“El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.
“Hubieran sido amigos, López y Ward, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
“Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.
“El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.”
Empecemos a entender la historia. Gracias Presidenta (Aplausos.)

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