domingo, 23 de junio de 2013

Néstor y Cristina: En el Olimpo de los Cleptócratas


Jamás imaginé que vería a dos Presidentes argentinos ingresar al triste olimpo de los cleptócratas. Según Transparency International, la ‘pole position’ es liderada por Mohamed Suharto quien gobernó Indonesia por 31 años y se estima que, bajo su mandato, se habrían robado entre 15 y 35 billones de dólares. Más recientemente y por estos lares aparecen Alberto Fujimori, ex Presidente del Perú, bajo cuya administración se calculan unos 600 millones de dólares ilícitamente apropiados, y, el ex Presidente nicaragüense Arnoldo Alemán con unos 100 millones.

En nuestro país, si aplicáramos una ‘humilde’ coima del 3 por ciento a los subsidios al transporte, la ONCCA, energía y combustibles, durante 10 años, la suma ascendería a 9,000 millones de pesos. Si la tarifa se mantuviera en el tristemente clásico ‘diego’ (o 10 por ciento) estaríamos hablando de 30 mil millones de pesos desviados por la corrupción. Quedan excluidos los excedentes presupuestarios o los cambios de partidas por decretos de necesidad y urgencia o decisiones administrativas del Jefe de Gabinete. Tampoco se han calculado los costos posibles de la corrupción en obra pública (rutas, autopistas, viviendas, escuelas, hospitales, etc), Aduana, importaciones millonarias de hidrocarburos, Fútbol para Todos, publicidad oficial, Tecnópolis, Aerolíneas Argentinas, YPF, ENARSA, Ciccone, entre otros. Y la cuestión se agrava aún más si tenemos en cuenta estudios que revelan que miles de millones de dólares - potencialmente vinculados a la evasión y la corrupción, se extrajeron de la Argentina durante esta década. Situación totalmente comprensible si evaluamos el horrendo desempeño de la AFIP y la UIF.

No es novedad que nuestro país clasifica pésimo - cada año peor- en los estudios de percepción de la corrupción o clima de negocios. Reprueba todos los exámenes porque desde hace una década el matrimonio presidencial ha hecho todo para que el país fracase. Mientras tanto triunfa el proyecto nacional y popular de instauración, consolidación y expansión de una cleptocracia electiva.

En democracia, las elecciones pueden funcionar no sólo como un mecanismo de acceso al poder sino como una fachada para legitimar el desarrollo de actividades ilícitas de los cleptócratas. Es más fácil que suceda en regímenes políticos de baja institucionalización donde estos personajes ponen en marcha mecanismos para cooptar, asfixiar o eliminar todo tipo de controles. Ensalzan épicamente al ‘control popular’ mientras enmascaran la destrucción de los controles institucionales horizontales, deslegitiman el rol del periodismo independiente y destrozan los sistemas profesionalizados de la administración con el ingreso de militantes a sueldo.

¿Cómo puede resultar efectivo el ‘control popular’ de las declaraciones juradas de un Presidente y su cónyuge si no son puestas bajo la lupa de un equipo de contadores, abogados y economistas especializados en detectar enriquecimiento ilícito, lavado de dinero y otras yerbas? ¿Usted dejaría una cirugía a corazón abierto en manos de un panadero? ¿O prefiere que sea un buen cirujano el que lo opere? ‘Control popular’ suena simpático para panfletos revolucionarios pero bastante ineficiente para detectar el enriquecimiento ilícito de los funcionarios públicos.

Reiteradas crónicas periodísticas describen el exitoso y exponencial enriquecimiento patrimonial de choferes, secretarios, cajeros de banco y cadetes junto al de altos funcionarios políticos. ¿Por qué será que el ‘viento de cola’ aumenta el patrimonio de los que están en la cúspide del poder político y sus alrededores?

El kirchnerismo montó un andamiaje para el saqueo de recursos públicos. Estableció reglas y tarifario para la corrupción. Se trata de una corporación monopólica de la apropiación ilegal de recursos públicos concentrada en lo más alto del poder político con pocos gerentes y un casi único destinatario.

La máquina cleptocrática funciona con eficiencia sin controles y sin límites temporales mientras las poblaciones de los países empobrecen, a pesar de la retórica y la ilusión populistas, y se contabilizan pérdidas mayúsculas en materia de oportunidades de inversión para el crecimiento y el desarrollo. La permanencia ‘eterna’ en el poder es esencial. Por eso, promueven reelecciones indefinidas en democracias imperfectas.

La cleptocracia kirchnerista ha operado sobre la base de: excedentes del presupuesto público manejados con discrecionalidad a través de decretos de necesidad y urgencia o simples disposiciones administrativas; desmantelamiento de los entes reguladores de servicios públicos; temprana cooptación de la SIGEN; proliferación de juzgados vacantes y jueces subrogantes; comisariado en la Procuración General para controlar investigaciones, y, asfixiar y remover a los fiscales; renuncias y acefalías ‘eternas’ de la Fiscalía Nacional de Investigaciones Administrativas y la Defensoría del Pueblo de la Nación; domesticación de la Oficina Anticorrupción que no ve lo que vemos todos; ocultamiento de información pública y nula rendición de cuentas; ‘adormecimiento’ de la Unidad de Información Financiera plagada de familiares y militantes en el lugar de los especialistas; y, el uso de la AFIP para promover el ‘siga-siga’ de los evasores ‘amigos del poder’.

A pesar de la desesperación que causa este panorama, el caso de la cleptocracia de los Kirchner puede resultar una oportunidad inestimable para acceder a una parte importante de la verdad sobre la corrupción en la Argentina contemporánea.

Los sistemas de corrupción centralizada ofrecen ventajas considerables para el investigador porque las puertas de acceso son pocas. A ello se sumaría una aparente necesidad (o única posibilidad) de acumular físicamente parte de los activos ilegalmente apropiados. Entonces, si bien algunos dineros pueden haberse ‘lavado’ en el circuito financiero internacional, es dable concluir que una parte importante podría estar ‘enterrada’.

Si los videos de Vladimiro Montesinos llevaron a la verdad de la cleptocracia fujimorista, los bolsos viajeros, el patrimonio abultado de ignotos empleados y funcionarios públicos exitosos, y, el descubrimiento de bóvedas (llenas o vacías) en domicilios particulares pueden deparar sorpresas.

En un estado de hipercorrupción, la investigación judicial es ‘una llovizna en el desierto’ como dice Moreno Ocampo en su libro “En defensa propia”, dado que la independencia de jueces y fiscales está bajo la lupa y los códigos de procedimientos judiciales son inadecuados para la investigación de delitos complejos.

A pesar de ello, la reconstrucción del mapa del dinero, los montos y los protagonistas y destinatarios pueden resultar una tarea de inestimable valor para los que buscamos saber la verdad. Esta tarea titánica no es necesariamente un ejercicio para jueces y fiscales pero sí para el periodismo de investigación, los académicos y organizaciones no gubernamentales locales e internacionales. También podría serlo para una comisión parlamentaria investigadora si la Argentina logra abandonar su presente de ‘lavadero’ y recupera la senda republicana.
 
La corrupción nos ha hecho un país más injusto y desigual. Le ha quitado oportunidades a los pobres y ha matado inocentes. El escándalo reciente nos brinda la oportunidad de descubrir, analizar e interpretar una operatoria para desarrollar un sistema institucional de control profesionalizado y suficientemente robusto para evitar que suceda nuevamente o lo detecte a tiempo. Como en salud pública, siempre es preferible prevenir la corrupción porque curarla puede resultar costoso e imposible.

No será un tiempo fácil pero puede resultar reparador para volver a creer que la democracia con poder distribuido y contrapesado, es la plataforma para el desarrollo y la justicia social de la que nunca debimos apartarnos.

A lo largo de la historia, la sociedad argentina ha sido dividida, enfrentada y desmoralizada por autoritarios y corruptos. Sin embargo, se ha levantado con dignidad y firmeza frente a los atropellos y las injusticias. Como muchos, no me resigno a creer que los cleptócratas nos han quebrado porque sé que sólo podremos construir un país justo si accedemos a la verdad, y, algún día a la justicia.

No es tiempo para tibios ni conformistas. Es tiempo para perseverantes y pacientes. Se requiere coraje y valentía en la clase política y, fundamentalmente, en la sociedad.

Los corruptos nos han robado el presente. ¿Vamos a permitir que hipotequen nuestro futuro? ¿Con qué cara vamos a responder a nuestros hijos cuando nos pregunten mirándonos directo a los ojos: ‘¿vos qué hiciste cuando supiste que se robaban nuestra plata?’.



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